Las obras sociales también deben adaptarse al cambio.

 

 

Las noticias periodísticas reavivan constantemente las polémicas en torno a las obras sociales. Recientemente, el dictado del llamado “decreto de desregulación” que tiene como propósito facilitar el acceso a nuevos participantes en la prestación de servicios de salud a quienes trabajan en relación de dependencia. Tres meses atrás fue la presentación en concurso preventivo de la Obra Social de la Unión Obrera Metalúrgica, con un pasivo de 73 millones de pesos, cifra enorme para una entidad de este tipo. Entre ambos, las continuas ideas y venidas entre el gobierno y los principales dirigentes sindicales, “titulares” de la mayoría de las obras sociales y perjudicados directos, al decir del gobierno, si se produce la tan declamada “liberación” de esas entidades. 

Es una mezcla de temas políticos, gremiales y laborales que se debaten en el medio de otro, como es el de la salud, que debiera recibir un trato despojado de pujas políticas. El público mira, escucha y se alarma, porque, en definitiva, la salud de varios millones de personas entra en una danza de intereses que poco tienen que ver con lo que a la gente le preocupa: Recibir servicios de medicina de calidad sin soportar costos excesivos. 

Entre las diatribas de quienes las consideran la “caja” de dirigentes sindicales con pocos escrúpulos, o las defensas, no menos enfáticas, de los que ponderan su sentido solidario, poco es lo que se conoce sobre las reales fortalezas y debilidades de las obras sociales, que son, sin duda, actores principales del sistema de salud argentino

 

LA SALUD EN ARGENTINA.

En la Argentina conviven varios sistemas de salud. Dentro del sector público, se encuentra el sistema hospitalario, financiado en su mayoría por los presupuestos estatales, y el famoso Pami que obtiene sus recursos del 5 % de la masa salarial de los trabajadores activos y sobre las jubilaciones que cobran los beneficiarios. Como es ampliamente conocido, esas sumas millonarias no alcanzan para cubrir sus gastos.

En el sector no estatal, ha crecido la medicina prepaga (en manos de empresas comerciales y, en menor medida, mutuales vinculadas con colectividades) que atiende a quienes pagan las cuotas por los servicios, y, por otro lado, las obras sociales que reciben aportes y contribuciones calculadas sobre la nómina de salarios y que son, básicamente, de trabajadores incluidos en convenios colectivos de trabajo o de personal jerarquizado. Las primeras de este tipo, en manos de dirigentes sindicales y las segundas con fuertes vinculaciones con las empresas de medicina prepaga.

 

ALGUNAS PREGUNTAS.  

Para comprender mejor cómo funcionan las obras sociales hemos estudiando la información que sobre ellas reúne el organismo a cargo de su control. Veamos. 

¿A cuántas personas atienden? El sistema de obras sociales, en todas sus variantes, cubre a una población de 11,6 millones de habitantes, es decir, casi la tercera parte del país. De todos ellos, los titulares obligatorios son 4 millones, los jubilados titulares 326.000 y los voluntarios 241.000. El resto hasta llegar a la cifra total, son familiares de los titulares.
¿Qué sumas manejan? Las obras sociales reciben 4.619 millones de pesos anuales. De ellos consumen casi la totalidad entre servicios y gastos: $ 4.554 millones. Así, en conjunto, obtienen un pequeño superávit de $ 65 millones. 
¿Existen más obras sociales que las necesarias? Si bien se critica el alto número de obras sociales registradas, sólo unas pocas concentran a la gran mayoría de beneficiarios. El siguiente cuadro demuestra lo dicho:

 

Personas cubiertas

Cdad. de obras sociales
Hasta 25.000 198
De 25.000 a 50.000 24
De 50.000 a 100.000 17
Más de 100.000 27

Entre las 27 obras sociales de más de 100.000 beneficiarios, 3 de ellas son de personal superior y el resto de sindicatos. Esas 27 representan el  11 % del total de obras sociales, pero atienden al  72 % del total de personas cubiertas con el sistema. 

 

CONOCIENDO A LOS "GORDOS".

A los principales dirigentes gremiales, que conducen a la mayoría de esas 27 obras sociales, les dicen los "gordos". Aunque el apodo refiera a otras actividades, no cabe duda que las obras sociales a su cargo "pesan" en los temas de salud. Hemos tomado ese conjunto de obras sociales para centrar en él nuestro estudio.

 

CENTROS DE ATENCIÓN PROPIOS VS. "TERCERIZADOS".

Una añeja discusión en el ambiente es la de descubrir las ventajas de brindar los servicios de salud en centros de atención propios, o en contratar los servicios de terceros que se especialicen en ciertas prestaciones asistenciales.

Aunque en el terreno de la polémica puede no existir todavía un resultado, en los hechos ya se observa el claro predominio de contratar los servicios a brindarlos con la propia estructura.  

Volumen de consultas Volumen de egresos de internaciones
Servicios propios              16 % Hospitales propios                    8 %
Servicios contratados        84 % Hospitales contratados            92 %

 

¿EL SISTEMA PERMITE DAR SERVICIOS DE SALUD SIMILARES, EN FORMA INDEPENDIENTE DEL NIVEL DE INGRESOS?

Es uno de los grandes propósitos de las obras sociales. La solidaridad de los que más ganan para que los que tienen menores ingresos reciban una atención de su salud similar, igualitaria, entre unos y otros. Este objetivo, elogiado por quienes desean resaltar los aspectos comunitarios de las personas, está lejos de ser alcanzado. Las cifras prueban que  se gasta más y reciben más servicios de salud aquellos afiliados a obras sociales de más altos ingresos. La observación se sigue verificando aún si del gráfico se segregase las del personal directivo, que son las que presentan un ingreso por persona más alto.

 

Podría pensarse que esta relación, en verdad, refleja tan solo que el mayor gasto para los que más ingresan puede deberse a que contratan servicios más caros. Si ese supuesto fuera cierto, la cantidad de consultas debería ser similar. Es decir, reciben la misma “cantidad” de atención, aunque el precio pueda ser distinto en función de otros aspectos. Pero también el indicador de la cantidad de atenciones persona-año crece en función del aumento de los ingresos.

 

 

¿SE OBTIENEN ECONOMÍAS DE ESCALA SOBRE LOS GASTOS DE ADMINISTRACIÓN EN LAS OBRAS SOCIALES MÁS NUMEROSAS?

No hace falta ser economista para entender que ciertos costos son fijos y que le toca menos a cada uno si hay más entre quienes repartirlos. Podría pensarse, entonces, que las obras sociales con mayor número de afiliados serían más eficientes porque distribuirían los costos de administración (gerenciamiento, sistemas, oficinas de pagos, control de cobros, por ejemplo) entre más beneficiarios, apropiando una suma menor a cada uno de ellos. Los datos muestran que no es así.

La evidencia indica que el gasto administrativo por persona cubierta no es proporcionalmente inverso al número de afiliados a la obra social (más afiliados, menos costo por persona), sino que es proporcional a los ingresos medios (más ingresos por afiliado, mayores costos de administración).

Este punto da sustento a la presunción de que pueden existir aspectos administrativos y de gerenciamiento que deban mejorarse.

 

MEJORAR LAS OBRAS SOCIALES. UNA PERSPECTIVA DE GERENCIAMIENTO EFECTIVO.

Más allá de aspectos políticos, resulta bastante claro que la forma en que se administran estas organizaciones no siempre es la adecuada. Que tradicionalmente se lo haya hecho de una manera no significa que ésa sea hoy la mejor. Muchas cosas han cambiado. No se disponen de los cuantiosos recursos de antaño, los servicios médicos han incorporado tecnología sofisticada –que suele ser cara-, el público es más exigente y quiere hacer valer su aporte, la preocupación por la calidad y la mirada hacia “el que lo hace mejor” para tratar de igualarlo y luego superarlo, constituyen el escenario de la época.

¿De que forma deberían gerenciarse en la actualidad estos entes  de existencia necesaria de los que depende nada menos que la salud de gran parte de la población?.

Una idea debe quedar clara: Lo contrario de ineficiencia no es necesariamente la empresa comercial, sino, justamente,  eficiencia.

Las obras sociales cumplieron, cumplen y cumplirán con una de las necesidades básicas del ser humano y de la sociedad, que es la de dar cobertura de salud. Es decir, tienen un objetivo claro y que seguirá vigente por muchos años.

Desde hace largo tiempo se sabe que la propiedad de las organizaciones no decide su éxito o fracaso.  Es la calidad de su dirección  y la aplicación de políticas serias lo que permite que algunas, sean  públicas o privadas, crezcan y sean reconocidas.

En ese contexto, resulta poco probable que una única solución, casi por arte de magia, mejore la calidad de los servicios de salud.

Liberar la elección de las obras sociales puede ser una buena medida en tanto se la implemente correctamente. El cambio rápido de una obra social a otra podría disparar una guerra comercial por captar afiliados. Consumiría muchos recursos en publicidad, promoción, marketing y caros equipos de ventas, que, finalmente, no contribuirían a la calidad del servicio ni al ahorro de los aportantes. Tampoco mantener el status quo es la solución. Las cúpulas de las obras sociales, aferradas a la afiliación compulsiva, no parecen ser el mejor ejemplo de una conducción dispuesta a esforzarse por mejorar.

Los tiempos actuales, por otra parte, acelerarán los procesos de cambio con fuertes exigencias. El explicar cómo resolverlas requiere otra nota.